SEVEN SWORDS


Cuando un piensa en Tsui Hark como director lo primero que le viene a la mente son películas como Zu Warriors o Once Upon a Time in China, obras de artes marciales en las que la historia se supedita completamente a las coreografías dispuestas para cada ocasión, ya se cubra esta con un manto fantástico, cómico o dramático.

Pues bien, Seven Swords se nos presenta a priori como la oportunidad de ver a Hark al mando de una superproducción de marcado estilo clásico, en donde la épica y el despliegue técnico se han de dar la mano para conformar un relato extenso, opulento  y pretendidamente majestuoso, o lo que es lo mismo, una prueba de fuego para que el director demuestre si es capaz de manejar los resortes de este tipo de relatos, máxime teniendo en cuenta que nunca ha destacado especialmente por su finura y pulcritud narrativa.

Lo primero que hay que tener en cuenta al analizar el film en cuestión es que los productores decidieron estrenar una versión reducida, lo que en este caso tendrá que servir de excusa ya que narrativamente Seven Swords es un film que avanza a trompicones, con una exposición de personajes y eventos que ya desde el principio no consigue hacerse completamente entendible para el espectador y que, ya en el nudo de la historia, alterna pasajes rematados de manera precipitada con otros de tediosa lentitud descriptiva, siendo su recta final la parte mejor contada del relato.

En cuanto a su duración, sabiendo que debía durar unas cuatro horas uno se asusta al contemplar que en sus actuales 150 minutos Hark no consigue desarrollar más allá de lo anecdótico unos personajes que, tanto en sus motivaciones como en sus interrelaciones, resultan sorprendentemente planos y desprovistos de cualquier atisbo de interés, dando a entender que son meras marionetas dentro de un relato que tampoco es que cuente nada especialmente epopéyico ni merecedor de tanto metraje.

Lo que no se le puede negar a esta película es su diseño de producción y, en especial, su preciosista fotografía, con unos exteriores diurnos por momentos deudores de El Señor de los Anillos en cuanto al uso de la cámara y una iluminación nocturna a base de fuego y sombras simplemente sobrenaturales, lo que hace que acaben convirtiéndose en uno de los máximos intereses del film junto a sus escenas de acción, con un despliegue técnico y una cantidad de personajes ciertamente abrumadora y espectacular, digno de la pericia que en esas lides siempre ha demostrado el director.

Para terminar, comentar que la música es de corte enfático y grandilocuente, lo que la acerca a las típicas melodías creadas para producciones del estilo Jerry Bruckheimer, lo que tampoco oculta el propósito artístico del film, que no es otro que ser objeto de consumo por parte del mainstream y que ha lastrado no solo una producción de mucho dinero sino el estilo de un director que esta vez ha acabado tomándose demasiado en serio.


Javi-Wan


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