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Del 27
de abril al 6 de mayo
de 2007
PERLAS DE ORIENTE PARA
UN JÓVEN REPORTERO
Un joven reportero
recorre las calles de Barcelona a toda prisa. Gruesas gotas de sudor
recorren su rostro. Los minutos vuelan y la hora se acerca, lentamente.
Se detiene unos segundos para tomar aire, consulta el reloj. Llegará
justo, seguro, y eso si no surge algún contratiempo de última hora. Saca
del bolsillo la entrada, por enésima vez. Efectivamente, quedan cinco
minutos para que empiece la película. Bueno, es igual, se dice. Seguro
que no hay mucha gente, este tipo de películas no se suelen llenar.
Craso error. ¿Cómo podía imaginar que el Festival de Cine Asiático, sí,
asiático, no hollywoodiense, ni siquiera remotamente europeo, películas
que apenas llegarán a los cines comerciales, estuviera a reventar? Una
enorme cola, de cientos de personas, surge de Aribau Club. Y ahí,
mientras poco a poco su mente va asimilando la idea de sentarse en
primera fila, o en un extremo, justo debajo de los altavoces, es cuando
el joven reportero empieza a pensar en las razones que le pueden haber
llevado a esta situación. ¿Acaso el cine asiático ha dejado de ser
patrimonio exclusivo de una minoría?
Lo cierto es que el cine asiático sigue entrando con cuentagotas en
nuestro país, a pesar de lo que nuestro protagonista pueda pensar, y lo
mismo ocurre en la práctica totalidad de Europa. Sin embargo, no se
pueden obviar una serie de hechos que parecen indicar un ligero cambio
en esta situación. La primera, y quizá la más importante, es la gran (y
exitosa) participación que tienen las películas asiáticas en los
principales festivales de cine en todo el mundo. Posiblemente el
principal exponente de esta “invasión” sea Wong Kai War, un
impresionante director chino, de filmografía imprescindible para
cualquier amante del séptimo arte. Una de sus ineludibles obras,
“Deseando Amar”, triunfó en Cannes en 2000, lo convirtieron en un
personaje muy reconocido a nivel internacional. Y no es para menos. Sus
películas contienen la esencia del cine asiático, un cine minimalista,
magnífico a la hora de transmitir los sentimientos, convirtiendo
historias sencillas, cotidianas, en verdaderas obras de arte.
Hay mucha expectativa a las puertas de Aribau Club. Se está a punto de
proyectar la ganadora del León de Oro 2006: “Still Life”. La última
triunfadora del festival de Venecia se presenta como uno de los platos
fuertes del Festival. ¿Cumplirá las expectativas? ¿Será la prueba
definitiva de que el cine oriental está al nivel, como mínimo, de las
más importantes producciones occidentales? Sin embargo, el muchacho
comprueba, extrañado, que otra película (prácticamente desconocida) que
se proyecta a la misma hora, congrega a tanta gente como la premiada
cinta que se dispone a ver. ¿Será que la mayoría de personas se toman
tan a la ligera el cine asiático que les da igual qué película ver? Una
breve charla con algunos de los asistentes al festival le reafirma en
esta opinión. La mayoría ni sabe exactamente qué película va a ver. Para
muchos, todas las películas son esencialmente iguales, simplemente las
ven por curiosidad, sin que les pueda pasar por la cabeza la idea de que
allí se pueden proyectar cintas muy superiores a las que nos ofrecen las
salas convencionales (aunque en las últimas fechas esto no sea demasiado
meritorio, bien pensado).
Pero es difícil defender el cine oriental después de la película. Lo
cierto es que ha defraudado bastante, la sala se aburría soberanamente a
la media hora, y con total justicia: el ritmo, lento (lo cual no debe
ser por norma algo negativo, aunque en este caso es insoportable, planos
eternos con nula información), los personajes mal dibujados en su
mayoría, las historias, inconexas, con poquísima sustancia.
Estéticamente la cinta es más que aceptable, pero eso no es suficiente,
no debe ser suficiente. El joven reportero sale de la sala abatido.
Esperaba otra cosa. Algo de sustancia. Por suerte, los comentarios a su
alrededor reiteran sus opiniones, y comprende, aliviado, que tal vez no
sea culpa suya, tal vez no es que sea incapaz de comprender el cine
asiático, sino que este filme en concreto era de poco nivel. Podrá haber
ganado incontables premios, pero jamás será considerada una obra
maestra. Ni mucho menos.
Las películas se suceden y poco a poco empieza a recuperar el entusiasmo
que antes le guiaba. Las películas mejoran, sobre todo “Life Can Be So
Wonderful”, sin duda la mejor de las que ha visto. Porque eso es
precisamente lo que esperaba. Poesía en movimiento. Pequeñas historias
minimalistas, en las que se muestre el alma de los personajes, algo que
es imposible encontrar, casi siempre, en las películas americanas (y en
las europeas, la verdad).
Al final de la semana, su conclusión es inesperada: las grandes
películas le han fallado, y algunas sorpresas han calado más hondo de lo
que podía imaginar. Y es que el cine asiático, al contrario de lo que la
mayoría de críticos suelen decir, tiene bazofias tan calamitosas como la
peor película de Uwe Boll (si alguien no sabe quién es, es preferible
seguir en la ignorancia). Sin embargo, entre tantas producciones
unánimemente aclamadas por críticos que jamás han reído o llorado
durante una proyección, películas sin alma, muertas, surgen otras joyas
imprescindibles que hacen del cine asiático una necesidad para todos
aquellos que estén hartos de salir de la sala, una vez más, con la
sensación de haber tirado el dinero.
Existen pequeñas perlas, piensa el joven reportero mientras abandona el
festival (la antes mencionada “Life Can Be So Wonderful” y “Strawberry
Shortcakes”, quizá algo inferior a la anterior, o al menos al muchacho
le impactó menos), que hacen del cine algo más que un mero
entretenimiento, que reivindican su esencia, algo extraviada en las
últimas fechas.
El cine asiático se extiende por el resto del mundo. Sin embargo, no lo
hará mediante tediosas cintas completamente ajenas al público general.
La única forma de conseguirlo es mediante directores como Kar Wai,
mediante pequeñas delicias como “Life Can Be So Wonderful (qué título
tan acertado para un inmenso poema visual)”.
El joven reportero recorre las calles de Barcelona de nuevo. Ahora es de
noche; camina lentamente, sin prisa. Deja que la brisa le acaricie el
rostro. Se ha terminado el festival, y debe reconocer que le ha quedado
un buen sabor de boca. No todas las películas han sido buenas, ni
siquiera ha podido comprobar cómo las producciones asiáticas se han
convertido en serias competidoras de las occidentales (pues no es así,
al menos todavía), pero a pesar de todo, mientras recuerda momentos
fugaces de las películas que más le han gustado, comprende, con una
sonrisa, que jamás podrá dejar de amar el cine.
Jordi de la Torre Lara
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